Transilvania.

Prejuicio. El Vampiro Universal.

Una vez cruzada la gran llanura Húngara, entretenido en comprobar si el control de crucero de mi Triumph sirve para algo , con los pies estirados sobre las barras de protección del motor, escuchando a Pokey LaFarge, Katie Tempest y Rafaella Carrá, voy rascándome las caspas de mi propia inopia, feliz como un ocho y tirando millas como un poseso.

La anticipación de entrar en Rumanía ha sido un factor  determinante en este viaje. Se perfectamente que voy a echarle un pulso a mis propios prejuicios y que en realidad no tengo la menor idea de lo que me toca esta vez.

Me robarán la moto?  Seré víctima de los mordiscos de algún engendro vampírico con una sola ceja? Me despeñaré por una ladera de los Cárpatos y quién sabe dónde?.

En corto y bien atado, el que tiene culo tiene miedo, y como le sucede a todo humano racional y saludable, la cabeza entra en modo alerta.

Camiones. Lo primero que me llama la atención al irme aproximando a la frontera son los camiones. Y a partir de ese momento me doy cuenta de que los camiones son los amos absolutos, sin concesiones. Me veo como un Cousteau de secano rodeado de ballenas. Es una procesión incesante, un altar al tránsito de mercancías y a los dioses de la logística.

Los últimos kilómetros hasta el paso fronterizo convierten a la carretera en un interminable aparcamiento para camiones. Qué habrá pasado? Algún accidente? Es la hora de la siesta? Por quién doblan las campanas?

Y me la encuentro.

Una frontera. Un paso fronterizo como en una película. Con guardas con gorras como en un primero de mayo a las puertas del Kremlin. La primera frontera consonante que me topo en Europa, salvando la Británica, que también existe. Pero el transfondo es más dramático. Más retro. Más juegos olímpicos de Moscú y el osito Misha.

El motivo por el cual las colas de camiones llegan al infinito y más allá, es porque los guardias fronterizos están además, ejerciendo su trabajo con celo. Esto es así todos los días.

Me escurro hacia uno de los puestos de control, donde seis guardas están charlando, y saco el pasaporte. No les intereso. Tira palante chaval!

Y como si entrase en una disneylandia distópica, la peor versión de lo que mi cabeza construía como escenario posible, se materializa. Gente y más gente, obras, baches y la fosa de las marianas.

Oradea. Un conglomerado de bloques de hormigón al más puro estilo de las casas baratas de Franco. Unos minutos de caos circulatorio, barro y carretas tiradas por caballos que duran lo que las siete vidas del gato con botas. La carrera de cuadrigas de Ben Hur. Me acuerdo de aquel himno a José Cuiña que decía: Pa-vi-mén-ta-me!. Pero se me quita toda la tontería en lo que dura un cagondiós y firmemente me propongo no acabar de relleno para salchichas.

El caso es que después de unas 350 millas de rodada no estoy tampoco como para ponerme a hacer turismo de calcetín blanco, así que busco el hotel que me toca, con vistas a asegurarme de que la moto quede, a ser posible, bajo la supervisión del cancerbero del infierno.

Y hasta aquí llega la version pantalón cagado de esta historia. Porque en realidad, y de nuevo, la gente salva el día.   Sé que las libras esterlinas que llevo en el bolsillo me permiten caer en blando, pero por lo que cuesta el hostal Manoli, tengo 5 estrellas, Spa, desayuno, y esto es nuevo, la cena.

El conserje está encantado con la moto, las recepcionistas hablan Spanish y tengo más hambre que las lagartas de V. Definitivamente no hace falta que meta la moto en la habitación conmigo.

Después de unos ocho días de ruta, me duele la mano izquierda, las rodillas y ansío entrar en decúbito prono con intereses. En el espejo de la habitación me doy cuenta de que el cancerbero del infierno soy yo, y que quién va a querer ni pedirme tabaco, así que me tumbo, hojeo los panfleticos del hotel y me doy cuenta de que hay un Spa en condiciones. Me toca.

Aún me acuerdo de unos días antes en Eslovaquia en un hotel termal y la lección de civismo que me traigo atadita en una cuerda.

Así que reservo, subo a la sala de tratamientos y me dejo recomendar. En albornoz entro en una sala oxigenada y me tumbo en un diván. El aire pasa a través de una pared de bloques translúcidos que aparentemente son ladrillos de sal traídos del Himalaya. Ponderando la hazaña imaginaria y malintencionada de que se hubiesen traído los bloques desde el mismísimo Himalaya en carreta tirada por un burro.

En un ratito, después de cocerme como a un lubrigante en la consabida olla express nórdica,  me llevan a una sala de masaje, y mis queridos amigos, había allí una moza con un discurso entre la chachareta casual y un te voy a desfacer los entuertos a codazos, que me dió una soberana tunda de hostias hasta por el reverso de las pestañas. Así en bruto.  Juro por la gloria de mi madre que cuando quise levantarme casi me caigo al suelo y veía chiribitas con los ojos abiertos.

Me levanto.  Doy las gracias. No me duele nada. O me duele todo según se mire. De lo que traía, no me acuerdo.

Cena, dormir, desayunar. En una burbuja. El mundo real está ahí, solo hace falta apartar las cortinas. Así que hago el check out, con recomendaciones mil de a dónde ir, qué visitar, y una muy buena impresión del personal de la casa.

Me adentro por los montes que preceden a la llanura de Transilvania por las carreteras que acercan al Varful Muntele Mare (1826m).  El juego consiste en adelantar camiones. Constantemente. Por una vía de dos carriles. Los mismos camioneros indican a la derecha para que adelantes, todo un detalle, porque como iré comprobando, las autovías son todavía, escasas y breves. Motos, pocas.

El paisaje está sin estropear y valdría la pena tomárselo con calma. Lentamente las colinas van menguando hacia una gran y ansiada Transilvania. Destino: Targu Mures.

En la primera gasolinera, a pié de surtidor, se me acercan dos soldados americanos. Cómo no, a charlar de la moto y estas cosas, además de echarle un ojo al transeúnte. Con la NATO hemos topado. Simpáticos, todo hay que decirlo.

Primera sacudida folclórica. Entro en un pueblo de carretera y se me abre la boca de par en par. Una sucesión de Chalets-Mansiones-Villas descomunales con torreones, techos rematados con varias cubiertas como Pagodas asiáticas. Dorados. Cristales de espejo cóncavos en los portones de entrada. Por docenas. Edificios en construcción permanente, ladrillo a la vista y aluminio dorado. Carros tirados por burros y Mercedes Benz. Es mi primer poblado gitano.

Con una mezcla entre ciudad Jardín, horterismo urbanizado, mi cuñado que no vino el domingo a terminar el alicatado, feísimo PRO y las minas del rey Salomón, estoy fascinado. Es un poblado gitano. El Taj Majal con Uralita.

Puedo opinar sobre si me gusta o no, podría incluso… pero no.  Estoy impresionado. Esto es espectacular. Pareciese incluso que compitiesen a ver quien tiene más torres y más metros cuadrados de papel de oro. Una sobredosis faraónica, un ande o no ande, un y yo más tribal al que le falta la palangana con anís , hielo, agua y el cucharón de la sopa.

Sigo. Empiezan los contrastes, iglesias fortificadas y amuralladas que acogen pueblitos rurales impertérritos al paso del tiempo, con aspecto de no haber cambiado gran cosa desde el siglo XII.

Pañuelos negros, más carros, animales sueltos, pastores con sus omnipresentes ponchos de plástico transparente. Vida rural tranquila. Sin corromper. Las señoras recuerdan a las señoriñas del rural gallego en fotos antiguas. Está lloviendo.

No se por qué me acuerdo de Elisabeth Bathory, cuya familia era Voivode de Transilvania. Una historia más apasionante que la de Drácula. Una mujer enérgica y culta, calvinista,  que se hizo fuerte en su tiempo y acabó siendo acusada y encarcelada hasta su muerte por el asesinato de 650 muertes de doncellas inocentes, en cuya sangre aparentemente se bañaba. Muy probablemente un cuento de intereses politicos, en un contexto de guerra religiosa paneuropea. En fin.

Mi impresión es que la presencia de un cercano y poderoso imperio Otómano, incide en  la orientación defensiva de estos pueblos, y el transfondo de horror en la tradición popular tiene mucho de artimaña psicológica como elemento de lucha contra el turco.

Targu Mures me agrada. La gente también. Hablan un español estupendo. También italiano. La gente se interesa. Será una buena noche de reposo antes de llegar a la meta:



Transfăgărășan.

Llueve.

Mucho.

Tengo que cruzar los Cárpatos del sur y hace un día terrible. Diluvia.

Estoy acostumbrado a rodar en mojado y voy equipado, así que me monto en la moto y arranco destino sur. Me apetece seguir por carreteras secundarias y continuar explorando el rural.

Gran error.

Al principio todo va bien, circulo tranquilo y progreso regularmente hacia mi destino. Me siento como en cualquier comarcal del norte de España. Como en casa.

El agua corre por las cunetas con brío, y en estos momentos ya estoy seguro que no va a parar de llover en un buen rato. Sigo el ritmo de un coche entre granjas y pastizales y me doy cuenta de que el agua ha comenzado a cruzar la carretera por algunos tramos.

No será peligroso? me pregunto.

Exacto. En un abrir y cerrar de ojos la carretera está completamente inundada y el agua corre por el trazado de la carretera como un río.

La moto entra en el torrente de agua y el caudal me alcanza hasta la mitad de la pantorrilla. El agua marrón sube por encima del parabrisas de la moto y me sube por encima del casco. No veo nada. Sé que delante de mi hay un coche y que si corto el gas la moto se cae. Palante. 300 metros de pánico, agua, barro y un repertorio de juramentos creativos contra lo divino y lo humano. No pares tío. No pares. Y el agua sigue su camino a la izquierda de la carretera. Mi corazón esta hecho de explosivo plástico. No tiene venas, sólo cables hasta el detonador. Lamadrequemeparió.

Paro. Me bajo. Grito. Y me empiezo a reír. A carcajadas. Histeria. Empapado. No me lo creo.

A estas alturas soy impermeable, la adrenalina está a cargo del resto del dia.

Empiezo a cantar, que más puede pasar, no me he hecho daño, quen dixo medo!

Continúo decidido a encontrarme con la carretera principal para evitar mas sustos y me encuentro con una granja. Hay dos paisanos con palas  limpiando la carretera justo a la puerta del recinto. Se les ha desparramado una carga de purín por la carretera. Osea, la carretera tiene una pátina  estupenda de mierda liquida. Lo justo. y cuando el olorcillo se delata ya estoy con la rueda dentro. Lock, stock and barrel,  hasta las cejas, en cristiano.

No se rezar. Pero cagarse en los santos alcanza el grado de disciplina olímpica oigan. Menos mal que llueve.

Para cuando llego a la carretera que asciende al gran paso del Transfăgărășan (2,042m) mi intención inicial de acampar en los Cárpatos está en la papelera. Media docena de motos están aparcadas en un hostal en el mismo cruce de subida. Esperando a que escampe. No va a parar.

Yo estoy completamente empapado así que qué más da, y entro a por todas.

El que se haya graduado en los pasos Alpinos o en Pirineos, que se asiente. Esto ha sido trazado por la mula Francis.

En los pasos alpinos suele haber una cara  de escalada con docenas de cambios de sentido y una cara mas amable de descenso mas pausado,  aquí todo es impredecible.

Secciones enteras de asfalto  están en proceso de parcheado, con lo que el firme esta plagado de zanjas sin señalizar, los precipicios son memorables, las curvas en zigzag se alinean caprichosamente, los túneles no están iluminados y las cabras son un poder de facto.

En todo el ascenso de la cara norte, apenas tres coches y una furgoneta con una pareja de alemanes. 90 Kilometros de Ginkana con cotas alrededor de los 2000 metros. Bajo el diluvio universal. Y además aquí estamos al lado de  la fortaleza de Poenari , donde el empalador, y a la sombra del Moldoveanu.

Mi primer encuentro con las cabras es una escena pastoril. El segundo es un rebaño de unas cien cabras que me rodean. Los cuatro perros pastores se me acercan ladrando, y si no fuera por los pastores aún estoy allí aprendiendo a hacer quesos.

En el túnel del alto, y viva el espíritu emprendedor, hay por supuesto unos cuantos puestos para los turistas. Pasados por agua.

Le llamaré el túnel del terror (Juas!), porque así de repente, no tengo la más remota idea de si entre la pared y yo hay un metro o medio. Luces de emergencia y todo.

En la cara sur, no llueve, de hecho hace un día decente. Conforme desciendo me cruzo con motos que ascienden hacia el norte. A dónde vais, inconscientes?.

El paisaje es fabuloso, al bajar voy dándome cuenta de la locura de día que acabo de pasar. Nada de acampar. Quiero secano.

Bajo hasta Pitesti y me alquilo un apartamento. Enciendo las estufas, toda mi ropa es como una toalla mojada. Me visto de persona. Me voy a comer, hago colegas de bar. La gente es genuina y nos tomamos unas cervezas tan a gusto.

-Tú por qué haces esto?.

-Te juro que no tengo ni puta idea.

AN. 22 mayo 2017