El tuétano de las montañas (I)

Ascensión

Cruzar entre las columnas vertebrales de la Alsacia es como descender por un corredor monumental hacia el salón del trono de Europa.  Los Vosges y la Selva Negra son la columnata de un templo, una avenida solemne para dioses sin nombre y sin más religión que la montaña. Su finalidad última, los Alpes.

Al acercamos a esta gran tempestad de piedra, lo que sucede en el paisaje es un curso preparatorio. Un parvulario  donde sólo cabe mirar hacia arriba. Muy arriba.  Hacia el gran paso de San Bernardo.

Sólo somos un Británico de ascendente canario y un Gallego de los del norte de todo. Tenemos carreteras, gasolineras, restaurantes, hoteles, campings, motos, túneles. Seguridad Occidental. Vamos cargados como los novatos que fuimos. Repletos de cosas absolutamente imprescindibles e inútiles. Listos para coronar en modo trampa. Modernos a lomos de los grandes logros de otros. Intrépidos sin riesgo de perecer por causa de ‘aventurismos’, a menos que se busque la negligencia ex profeso o una voluntad de suicidio vocacional aflore por cualquier despeñadero.

El Gran San Bernardo, es una piedra hita en mi imaginario personal. El gran peaje de una autopista eterna por el que la humanidad cruza desde la noche de los tiempos. Un grial del que nos consta que el abuelo de alguien allá por la edad de bronce, se lo hacía andando de camino a la panadería o a una verbena Cisalpina.

No somos Breno, el Chieftain celta al que le dio por cruzarlo en el siglo 4 antes del Cristo para irse de excursión por la Etruria y de paso acampar en Roma un trimestre completo, por lo visto, para llevarse hasta las tuberías y los cables del alumbrado público.

Luego parece que los romanos, algo preocupados, le siguieron la pista, y con su estilo civilizador que era un ansia viva, asfaltaron el paso con vistas a renegociar los términos de la historia y terminar por una buena temporada con el cortoplacismo. Y vengarse, que puñeta!, con unos tres siglos de retraso.

Hubo también un enano Corso con muy mal perder que se llamaba Napoleone di Buonaparte, al que le hizo tanta ilusión cruzarlo, que en vez de hacerse un selfie, le dijo a un señor que se llamaba David que le hiciese un retrato a caballo para darse importancia entre sus convecinos. Aprovechó aquel franquiciado cruzamontes que los romanos supieron articular a lo burro, y  subió, en el espíritu y la dirección de Breno, pero a la romana, acompañando a sus 40000 hooligans.

A ver si me explico, subió con 40000 por el San Bernardo, pero despistó a otros 20000 por otros pasos para despistar a su vez a los Austríacos. Como un profesional, preparó sus lineas de suministros, hospitales de campaña, talleres.., todo lo necesario para la excursión camino a sus vacaciones de verano.

Desmontó piezas de artillería, carruajes, lo repartió todo entre sus secuaces en bultos de 30-40 kilos, con los cañones sobre troncos de pino vaciados y tirados por mulas, hasta que reventaban, y fue necesario hacer yuntas de 100 hombres por cañon para seguir adelante. Soldados y jornaleros. Aparentemente muy bien pagados.

Y así en fila india, 6000 hombres y mujeres atravesaban el paso cada día. Con bandas de música en ruta para amenizar el camino, tamborileros apostados para señalizar las zonas más terribles  y los monjes  del paso esperando con dos vasos de vino , pan y queso para cada excursionista.

Una vez allí, un pequeño detalle. Ahora toca bajar.

Imaginémonos 40000 fulanos descendiendo  por la nieve. La epopeya explica cómo la nieve se compactó de tal manera que las tropas descendían sentados deslizándose por las laderas.

Napoleón cruzó los alpes de incógnito entre sus tropas, con un mozo de mulas, Pierre Nicholas Dorsaz como ayudante y guía. Cuentan que, además de salvarle la vida en un incidente en el hielo, Pedrito, que no tenia ni la mas remota de quien era su compañero de fatigas, le dio al Bonaparte tal tabarra con su zagala del pueblo, que el emperador, aparte de recompensarle económicamente a pie de montaña por el favor, le regaló unos meses después una pequeña fortuna para que se comprase una casa en Bourg-Saint-Pierre, se casase, y por el amor de dios dejase de dar la murga con sus ansias mozas.

Imagino que ver marchar hacia el sur a tan numerosa prole, una vez recompuesta, con las alturas como telón de fondo ha sido el gran soponcio de algún comandante Austríaco en el valle de Aosta.

Descenso.

La primera experiencia Suiza por tierra, a pie de página, es otra catarsis como la primera vez que sobrevuelas el mar de monte alpino para ir a hacer turismo a Italia. En mi ignorancia a medio ilustrar, llevo grabado a fuego el llegar a la orilla norte del lago Ginebra, aparcar a a 5 metros del agua,  darnos un fuerte abrazo de la victoria, y decidir que sólo los locos podrían desear otra cosa que acampar allí mismo, anochecer, y salir a sentarse en la hierba al alba para ver aquel espectáculo iluminarse.


(Fotos de cámara de plástico desechable)

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Muy modestamente, y por casualidades del sentido común, lo único que compartíamos con aquellos Galos aguerridos de la historieta, es probablemente hacerlo en la misma época del año. Lo que ocurre, es que al contrario que al Corso, al que le hizo un tiempo del carajo, a nosotros en nuestra indigencia nos informa la policía a pie de ruta, que lamentablemente Monsieurs, la carretera está cortada, por que, aunque ya había entrado junio, la nieve más que quitanieves necesitaba una tuneladora.

Así que nuestra alianza Hispanobritánica decide, Alacazán!, cruzarnos Suiza improvisando hasta que encontremos un paso abierto y nos dejen cruzar por alguna parte. Debe aclararse, que hacerlo por un cómodo túnel es apropiado y conveniente pero poco agradecido. Nosotros, en la línea habitual, entendemos las virtudes de hacerlo, a poder ser, polo medio dos toxos.

Como entre perdidos y sabiendo donde estás pero no lo que significa, terminamos por toparnos de bruces con Italia, y nos aventuramos a cruzar por el Domodossola.

 

Territorio Partisano.

Subimos desde el valle con tranquilidad, y el ojo de la mente fijo en aquellos precipicios, circulando bajo los torrentes de agua del deshielo, que fluye por encima de nuestras cabezas en caída libre valle abajo. Una suerte de carretera por la ladera cubierta con galerías anti-avalancha en aquellos lugares donde los torrentes se concentran con furia en primavera.

Hay que parar, hay que respirar. Estamos en territorio partisano. Uno entiende las enormes dificultades de este paraíso de los escapados. De los echados al monte, aquí si que se pudo decir: venid a buscarnos si tenéis cojones. De la edad de piedra a la segunda guerra mundial, la fortaleza de Europa.

El descenso desde el Simplón, fue mi primer paso alpino. Me quedé sin inagurarme en el Gran San Bernardo como las tribus celtas, para sin querer, descender entre quebradas donde imaginarse una emboscada proletaria en la que amablemente nos hubiesen cambiado las motos por un pagaré revolucionario a nombre del partido comunista Italiano con promesa de reembolso toda vez que alguien hubiese consumado el empalamiento del Duce.

Para no desmerecer, llovía. Un gran regalo para dos primerizos cuesta abajo con unas seis horas de ruta entre pecho y espalda. Pero no pasó nada. Tan sólo el darse cuenta que ya puestos a morir de algo, se me ocurren un par de cosas mucho menos pintorescas.

Los pueblos de montaña italianos son una estampa dura y abigarrada que se concentra en aquellos lugares a los que el sol favorece a la sombra de gigantes de roca. Antediluvianos e imposibles. A salvo de todo. Hasta del tiempo.

Nuestro destino último del día es llegar al lago Como, a casa de nuestro amigo Oliver y caer al suelo, de rodillas a pedir perdón a las montañas y rendirles culto, como buenos iniciados.

Navegación por satélite.

Los caprichos de la tecnología, dispusieron que en nuestra travesía improvisada, rodeásemos el lago Maggiore por el sur, por la civilización, ignorantes de la conveniencia de hacerlo por la vía norte. Una buena idea por si se nos hacía de noche en el medio del monte, pero en realidad, una prueba de aguante que nos mantuvo 12 horas en ruta, desde nuestra salida cerca de Montreux, en el lago Ginebra, de mañana,  hasta el mismísimo Pian di Spagna, en el vértice norte del lago Como. A los pies de la olvidada guarnición española de Fuentes.

Nuestra ruta inicial proyectaba unas seis horas, pero la inexperiencia, la nieve remolona, y nuestros grandes amigos de Garmin,  de cuyas madres tanto nos acordamos, (por Belenos…), hicieron que nos dejásemos atrapar por la circunvalación de Milan en hora punta para que nos diese de bofetadas con una alpargata romana.

-Vamos ,vamos por ahí que así pasamos por Monza…

Diosito.


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Pazguatos a la Milanesa.

En breve, dos confiados viajeros convencidos de que sus desplazamientos cotidianos por las tripas y circunvalaciones Londinenses camino al tajo son inapelables y una suerte de poción mágica que nos hace superhéroes del trafico urbano.

Nada que hacer.

Cuando ya no había vuelta atrás, nos dimos cuenta de que los aguerridos escuteristas milaneses, circulaban directamente por los arcenes.

En nuestra praxis diaria, y amparados por la legislación británica que nos permite ir por el medio de los coches (filtering), estamos acostumbrados a colarnos por cada recoveco entre los vehículos, generalmente pacíficos y en perfecta convivencia.

Esto es otro mundo, otra dimensión, otra galaxia.  Hay un motivo por el cuál las motos van por los arcenes. Y es que aquí , los conductores, camino a casa después de sus jornadas de trabajo, se han propuesto asesinarnos. Es la guerra. El empecinamiento. La barbarie. Una declaración práctica de intenciones: Te voy a empujar para que te apartes, Inglés.

Mi momento cumbre aflora cuando un alfa romeo se me pega a la rueda de atrás durante un buen número de incómodos minutos, para adelantarme fogueando a milímetros. A propósito.

Y perdí la cabeza. A partir de ahí, informo a mi compañero de batalla de mi contagio por el intercomunicador y declaro intenciones de que voy a matar a ese italiano.

Le perseguí hasta prácticamente Lecco,  en el pie derecho del Lago, poseído por el mismísimo demonio. Dispuesto a remacharle la cabeza con el casco. A arrancarle los espejos…  pero no se detuvo. Cuando se dio cuenta de que le perseguía y que le hacia señales para que se detuviese,  aceleraba el muy cagacazzo. 

Bendita la inconsciencia de un dia de furia.

Pese a todo, lo conseguimos. Llegamos a puerto. A la boca del Pian di Spagna, a Fuentes, donde los tercios hacían parada de camino a Flandes, donde los caballos de montaña de la Valtellina son los descendientes directos de los caballos de la guarnición española, y muy cerca de Mello, de cuyos habitantes se dice que llevan la sangre de los soldados de la vieja fortificación  que mantenía a raya a los Grigioni protestantes.


 

 

Ahora, a dormir. Mañana os cuento el resto.

 

AN,

Londres, Octubre 2017

 

 

 

 

 

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