El tuétano de las montañas (II)

Talamona, Morbegno, y una Guzzi Le Mans.

Nuestro amigo Oliver (Olly), nos recibe en su pueblito de montaña en una ladera de la Valtellina. Es ya de noche y estamos perfectamente desarticulados, pero nos pide que por favor nos acerquemos un momento hasta la casa de sus padres, que nos esperaban para saludarnos.

Llegamos a un caserón desde el que se vigila todo el valle, la antigua casa del comandante regional de Mussolini en su interminable batalla a cornadas contra el  partisano. Una casa con solera, a la que por fortuna nadie se ha atrevido a camuflar con modernismos. Yo creo que por estos lares, a los de la república independiente de Ikea, ya los han fusilado.

El padre está en la cocina. Cuando nos saludamos, me estruja la mano con el apretón de la muerte y dice:

-Il cuoco sono io.

No tengo el menor inconveniente en hermanarme con cualquiera que se presente como cocinero sin reparos, pero dadas las circunstancias del día que llevamos, sólo quiero tirarme al suelo en una esquina a desintegrarme y hacer globicos por la nariz  roncando como una tuneladora mientras sueño con el Gran San Bernardo. En la cocina, la máquina de la polenta nos observa sin torcer la mirada.

Aplazando brevemente el festín que amenaza, subimos por una cuestita empedrada hasta llegar a nuestra recompensa de pijama y orinal. Un último esfuerzo. En estas laderas, los ingenieros de caminos se abrazan cada vez que se topan con suelo horizontal.

En casa de Olly, un chalecito de tres plantas donde vive con sus motos y una guardería repleta de lombardos en edad preescolar, no se entra por la puerta principal, se entra por el garaje.

Cubiertas con sábanas como en un carnaval de acero y grasa, hay dos Harleys Electraglide, dos Guzzis de los carabineros de los 70, una vespa, Una BMW GS de las primeras con sidecar,  una Guzzi V1000, una Guzzi Superalce militar del 46 a la que se ha quitado la ametralladora para ponerle un cesto de mimbre, y algún escuterito pop de los sesenta de aquellos ideales para partirse los dientes de chaval e ir haciendo callo. (En palabras de mi comandanta, introducida a las diferencias entre Guzzi y Gucci por los jocosos locales en una visita posterior, las carracas de Olly).

Dentro del mismo garaje hay un apartamento, con una cama, una cocina, su comedorcito… y una Guzzi Le Mans.

Voy a dormir con una moto. Hay una primera vez para todo. Por lo menos, me toca la más guapa.



Carracas en el Como.

Por la mañana, revisamos el arsenal garajero mientras desayunamos, en el jardín. Desde la guardería de la entreplanta,  los niños nos saludan con la mano asomados al balcón del recreo. Ya se sabe lo que ocurre cuando mezclas niños y motocicletas. Para estas criaturas, el Cio Olly alcanza nivel dios. Es que con el bramido de motores que estamos liando, no hay quien estudie.

Sentado en el jardín, observando el valle encajonado entre montañas, te preguntas si los nativos tendrán una vértebra cervical extra, que les permite mirar permanentemente hacia arriba. Al oeste, al fondo, el lago.

Repuestos, salimos a rodar el perímetro del Como desde el  mismo vestíbulo de los alpes italianos. Bellano, Varenna, Mandello del Lario, Bellagio… hay motivos evidentes para justificar que las aristocracias más rancias viniesen aquí a tomar los aires en otros tiempos remotos en los que los humanos pasábamos nuestras vidas enteras en 25 kilómetros cuadrados.



 

El corazón del lago sin embargo, está parapetado tras un interminable y sobrio muro de discrección y una famosa puerta roja. Da la impresión de ser un simple edificio, ascético y enorme, pero es un malentendido. Para apreciar su grandeza habría que verlo desde el aire.

Tras esos muros, se oculta toda una ciudad estado que un día fue motor industrial de toda la comarca.  Un paraíso de la ingeniería vintage,  entre antigua y muy seria, formal,  retro. Puertas adentro, el circuito de pruebas, el primer túnel de viento, la factoría, los edificios administrativos, el museo, y por supuesto sus tesoros…

El primer indicador de que estamos en la Italia moderna, lo propone un cartelito que declara la apertura de su glorioso museo 1 hora al día. UNA HORA! Ma che ca***!

Y entramos hasta la cocina, del brazo de sus empleados, bajo el radar, saltándonos los protocolos, tal y como si un monaguillo robase las llaves de la catedral y nos dejase echar un vistazo al interior del sarcófago del apóstol. Todos se conocen, se han criado juntos. Oír, ver y callar. Omertá.



 

Descubriríamos después, puerta por puerta, recónditas en la más absoluta discreción de tantos y tantos hogares en las laderas,  que en sus garajes se esconden tesoros de la mecánica del mismo modo que otros preservan ruecas, molinillos y aperos de labranza. Más que coleccionismo es etnografía. Los viejos maestros se retan a morir el último, esperando a que su rival muera antes y su viuda o los mentecatos de sus hijos subasten las colecciones para abalanzarse como fieras al olor de la sangre.

Hubo un tiempo, en que los alemanes se desvivían por adueñarse de las joyas de la corona, pero muchas de ellas, ya han vuelto a casa. El garaje de nuestro anfitrión, es, de hecho, una cosa normalita. Así, en esta y otras visitas posteriores, he visto colecciones donde las motos con sidecar están en la pared en estanterías. Bajo solemne promesa, su localización me la llevo a la tumba. Porque están las cosas, y luego están las cosas serias.

En una ocasión, una persona fabulosa de la que os hablaré un día, me permitió acercarme, oler, tocar y escuchar una carraca de 250000 leuros que sacamos al jardín para que pudiese fotografiarla. Resultó hasta cómico verles extraerla de una habitación en un sótano con otras 15 motos. Había, (y hay), dos habitaciones más en las mismas condiciones. Ave César! ahora ya estamos listos para concentrarnos en nuestra misión en las alturas.



La Selva

Nos piden que dejemos las motos, que vamos a un sitio, y hay vino. Inocentes de nosotros nos metemos en un coche por carreteras locales de la alta Valtellina. Al conductor le traen sin cuidado las caídas a plomo de cientos de metros entre los árboles.  Nos habla  y gira la cabeza para hablarnos.

-Mira para adelante animal!

Yo me agarro secretamente a donde puedo, con la firmeza suficiente para que se me pongan los nudillos blancos. Esas trazadas en carretera de montaña se las aprendió en andador cuando aún no hablaba.

Pasamos a propósito por Mello, un pueblecito entre escarpados al que los locales llaman en pueblo de los españoles. Descendientes espúreos de aquellos militares que guardaban la plaza de Fuentes, por muchos años centro de aprovisionamiento a los tercios que subían andando desde Génova hasta Flandes por el camino español.

Nos cuenta, que hasta los años 70 los del pueblo solo bajaban al valle a pelearse. Y viceversa. Tomen ustedes nota.

Nuestro destino es una granja y casa rural a la italiana, un Agroturismo. Curiosamente se llama La Selva, en castellano

Saludamos a las cabras, Y nos sentamos.



 

En los Antipasti, nos distraemos de las conocidísimas Bresaolas. Incluida la de cervo, que también, para descubrir la Coppa valtellina (lomo de caña montañés) y un salchichón con textura de paté que enamoran. Servidas con Sciatt, que son unas bolitas de queso frito rebozadas en harina sarracena (El alforfón). No pedimos nada, ya nos van trayendo…esto es una emboscada.

La gloria se presenta bajo el nombre de PizzoccheriSon unos tallarines caseros de cinco o seis centímetros, hechos a mano, a base de grano sarraceno, con queso, patatas, repollo, salvia y mantequilla. Después, Polenta Taragna. He vivido.

La carne, viene en unos sustanciosos pinchos que cuelgan sobre el plato, rezumando substancia sobre las patatas. El vino, de la comarca. Sasella, Grumello, Inferno…. después bitto (queso aperitivo del postre) y bisciola de higo y nueces. Yo me salto el Amaro Braulio. Nuestro compañero anglo-canario, visiblemente desenfrenado, alterna ataques de risa con lagrimones. No somos nada.



 

La bajada en plena noche polo rally das corredoiras, la omito. Mañana nos enfrentaremos a las montañas de verdad.

Os lo cuento en un inevitable tercer acto…

Un abrazo.

AN

Londres, Noviembre 2017.