#elefantentreffen to Santa Monica (CA)

Hi!

The #elefantentreffen documentary has made it to the #hollywoodscreeningsfilmfestival.

 

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Stoked!

Rolling full steam on!

AN November 2018

Elefantentreffen 2018

 

Hello World.

 

Después de un parto doloroso en el que me tuve que hacer la cesárea con un cenicero de esos de vieira reciclada, aquí tenéis una muestra de lo que viene.  De lo que os vengo murmurando. Sin prisa.

Os agradezco si os tomáis unos minutos para echarle un vistazo. Es feo el condenado, pero es como mi primogénito. Háganle ustedes una carantoña o algo, a ver si me puedo echar una cabezada para reponer fuerzas y prepararme para ir encargando otro, a ver si con la práctica, engendro un galán y no un jorobado.

Y sí, definitivamente hacía un frío del carajo.  O que temos que facer para non ter que ir ao mar…

 

Londres, 18 marzo 2018.

AN

El tuétano de las montañas (II)

Talamona, Morbegno, y una Guzzi Le Mans.

Nuestro amigo Oliver (Olly), nos recibe en su pueblito de montaña en una ladera de la Valtellina. Es ya de noche y estamos perfectamente desarticulados, pero nos pide que por favor nos acerquemos un momento hasta la casa de sus padres, que nos esperaban para saludarnos.

Llegamos a un caserón desde el que se vigila todo el valle, la antigua casa del comandante regional de Mussolini en su interminable batalla a cornadas contra el  partisano. Una casa con solera, a la que por fortuna nadie se ha atrevido a camuflar con modernismos. Yo creo que por estos lares, a los de la república independiente de Ikea, ya los han fusilado.

El padre está en la cocina. Cuando nos saludamos, me estruja la mano con el apretón de la muerte y dice:

-Il cuoco sono io.

No tengo el menor inconveniente en hermanarme con cualquiera que se presente como cocinero sin reparos, pero dadas las circunstancias del día que llevamos, sólo quiero tirarme al suelo en una esquina a desintegrarme y hacer globicos por la nariz  roncando como una tuneladora mientras sueño con el Gran San Bernardo. En la cocina, la máquina de la polenta nos observa sin torcer la mirada.

Aplazando brevemente el festín que amenaza, subimos por una cuestita empedrada hasta llegar a nuestra recompensa de pijama y orinal. Un último esfuerzo. En estas laderas, los ingenieros de caminos se abrazan cada vez que se topan con suelo horizontal.

En casa de Olly, un chalecito de tres plantas donde vive con sus motos y una guardería repleta de lombardos en edad preescolar, no se entra por la puerta principal, se entra por el garaje.

Cubiertas con sábanas como en un carnaval de acero y grasa, hay dos Harleys Electraglide, dos Guzzis de los carabineros de los 70, una vespa, Una BMW GS de las primeras con sidecar,  una Guzzi V1000, una Guzzi Superalce militar del 46 a la que se ha quitado la ametralladora para ponerle un cesto de mimbre, y algún escuterito pop de los sesenta de aquellos ideales para partirse los dientes de chaval e ir haciendo callo. (En palabras de mi comandanta, introducida a las diferencias entre Guzzi y Gucci por los jocosos locales en una visita posterior, las carracas de Olly).

Dentro del mismo garaje hay un apartamento, con una cama, una cocina, su comedorcito… y una Guzzi Le Mans.

Voy a dormir con una moto. Hay una primera vez para todo. Por lo menos, me toca la más guapa.



Carracas en el Como.

Por la mañana, revisamos el arsenal garajero mientras desayunamos, en el jardín. Desde la guardería de la entreplanta,  los niños nos saludan con la mano asomados al balcón del recreo. Ya se sabe lo que ocurre cuando mezclas niños y motocicletas. Para estas criaturas, el Cio Olly alcanza nivel dios. Es que con el bramido de motores que estamos liando, no hay quien estudie.

Sentado en el jardín, observando el valle encajonado entre montañas, te preguntas si los nativos tendrán una vértebra cervical extra, que les permite mirar permanentemente hacia arriba. Al oeste, al fondo, el lago.

Repuestos, salimos a rodar el perímetro del Como desde el  mismo vestíbulo de los alpes italianos. Bellano, Varenna, Mandello del Lario, Bellagio… hay motivos evidentes para justificar que las aristocracias más rancias viniesen aquí a tomar los aires en otros tiempos remotos en los que los humanos pasábamos nuestras vidas enteras en 25 kilómetros cuadrados.



 

El corazón del lago sin embargo, está parapetado tras un interminable y sobrio muro de discrección y una famosa puerta roja. Da la impresión de ser un simple edificio, ascético y enorme, pero es un malentendido. Para apreciar su grandeza habría que verlo desde el aire.

Tras esos muros, se oculta toda una ciudad estado que un día fue motor industrial de toda la comarca.  Un paraíso de la ingeniería vintage,  entre antigua y muy seria, formal,  retro. Puertas adentro, el circuito de pruebas, el primer túnel de viento, la factoría, los edificios administrativos, el museo, y por supuesto sus tesoros…

El primer indicador de que estamos en la Italia moderna, lo propone un cartelito que declara la apertura de su glorioso museo 1 hora al día. UNA HORA! Ma che ca***!

Y entramos hasta la cocina, del brazo de sus empleados, bajo el radar, saltándonos los protocolos, tal y como si un monaguillo robase las llaves de la catedral y nos dejase echar un vistazo al interior del sarcófago del apóstol. Todos se conocen, se han criado juntos. Oír, ver y callar. Omertá.



 

Descubriríamos después, puerta por puerta, recónditas en la más absoluta discreción de tantos y tantos hogares en las laderas,  que en sus garajes se esconden tesoros de la mecánica del mismo modo que otros preservan ruecas, molinillos y aperos de labranza. Más que coleccionismo es etnografía. Los viejos maestros se retan a morir el último, esperando a que su rival muera antes y su viuda o los mentecatos de sus hijos subasten las colecciones para abalanzarse como fieras al olor de la sangre.

Hubo un tiempo, en que los alemanes se desvivían por adueñarse de las joyas de la corona, pero muchas de ellas, ya han vuelto a casa. El garaje de nuestro anfitrión, es, de hecho, una cosa normalita. Así, en esta y otras visitas posteriores, he visto colecciones donde las motos con sidecar están en la pared en estanterías. Bajo solemne promesa, su localización me la llevo a la tumba. Porque están las cosas, y luego están las cosas serias.

En una ocasión, una persona fabulosa de la que os hablaré un día, me permitió acercarme, oler, tocar y escuchar una carraca de 250000 leuros que sacamos al jardín para que pudiese fotografiarla. Resultó hasta cómico verles extraerla de una habitación en un sótano con otras 15 motos. Había, (y hay), dos habitaciones más en las mismas condiciones. Ave César! ahora ya estamos listos para concentrarnos en nuestra misión en las alturas.



La Selva

Nos piden que dejemos las motos, que vamos a un sitio, y hay vino. Inocentes de nosotros nos metemos en un coche por carreteras locales de la alta Valtellina. Al conductor le traen sin cuidado las caídas a plomo de cientos de metros entre los árboles.  Nos habla  y gira la cabeza para hablarnos.

-Mira para adelante animal!

Yo me agarro secretamente a donde puedo, con la firmeza suficiente para que se me pongan los nudillos blancos. Esas trazadas en carretera de montaña se las aprendió en andador cuando aún no hablaba.

Pasamos a propósito por Mello, un pueblecito entre escarpados al que los locales llaman en pueblo de los españoles. Descendientes espúreos de aquellos militares que guardaban la plaza de Fuentes, por muchos años centro de aprovisionamiento a los tercios que subían andando desde Génova hasta Flandes por el camino español.

Nos cuenta, que hasta los años 70 los del pueblo solo bajaban al valle a pelearse. Y viceversa. Tomen ustedes nota.

Nuestro destino es una granja y casa rural a la italiana, un Agroturismo. Curiosamente se llama La Selva, en castellano

Saludamos a las cabras, Y nos sentamos.



 

En los Antipasti, nos distraemos de las conocidísimas Bresaolas. Incluida la de cervo, que también, para descubrir la Coppa valtellina (lomo de caña montañés) y un salchichón con textura de paté que enamoran. Servidas con Sciatt, que son unas bolitas de queso frito rebozadas en harina sarracena (El alforfón). No pedimos nada, ya nos van trayendo…esto es una emboscada.

La gloria se presenta bajo el nombre de PizzoccheriSon unos tallarines caseros de cinco o seis centímetros, hechos a mano, a base de grano sarraceno, con queso, patatas, repollo, salvia y mantequilla. Después, Polenta Taragna. He vivido.

La carne, viene en unos sustanciosos pinchos que cuelgan sobre el plato, rezumando substancia sobre las patatas. El vino, de la comarca. Sasella, Grumello, Inferno…. después bitto (queso aperitivo del postre) y bisciola de higo y nueces. Yo me salto el Amaro Braulio. Nuestro compañero anglo-canario, visiblemente desenfrenado, alterna ataques de risa con lagrimones. No somos nada.



 

La bajada en plena noche polo rally das corredoiras, la omito. Mañana nos enfrentaremos a las montañas de verdad.

Os lo cuento en un inevitable tercer acto…

Un abrazo.

AN

Londres, Noviembre 2017.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tuétano de las montañas (I)

Ascensión

Cruzar entre las columnas vertebrales de la Alsacia es como descender por un corredor monumental hacia el salón del trono de Europa.  Los Vosges y la Selva Negra son la columnata de un templo, una avenida solemne para dioses sin nombre y sin más religión que la montaña. Su finalidad última, los Alpes.

Al acercamos a esta gran tempestad de piedra, lo que sucede en el paisaje es un curso preparatorio. Un parvulario  donde sólo cabe mirar hacia arriba. Muy arriba.  Hacia el gran paso de San Bernardo.

Sólo somos un Británico de ascendente canario y un Gallego de los del norte de todo. Tenemos carreteras, gasolineras, restaurantes, hoteles, campings, motos, túneles. Seguridad Occidental. Vamos cargados como los novatos que fuimos. Repletos de cosas absolutamente imprescindibles e inútiles. Listos para coronar en modo trampa. Modernos a lomos de los grandes logros de otros. Intrépidos sin riesgo de perecer por causa de ‘aventurismos’, a menos que se busque la negligencia ex profeso o una voluntad de suicidio vocacional aflore por cualquier despeñadero.

El Gran San Bernardo, es una piedra hita en mi imaginario personal. El gran peaje de una autopista eterna por el que la humanidad cruza desde la noche de los tiempos. Un grial del que nos consta que el abuelo de alguien allá por la edad de bronce, se lo hacía andando de camino a la panadería o a una verbena Cisalpina.

No somos Breno, el Chieftain celta al que le dio por cruzarlo en el siglo 4 antes del Cristo para irse de excursión por la Etruria y de paso acampar en Roma un trimestre completo, por lo visto, para llevarse hasta las tuberías y los cables del alumbrado público.

Luego parece que los romanos, algo preocupados, le siguieron la pista, y con su estilo civilizador que era un ansia viva, asfaltaron el paso con vistas a renegociar los términos de la historia y terminar por una buena temporada con el cortoplacismo. Y vengarse, que puñeta!, con unos tres siglos de retraso.

Hubo también un enano Corso con muy mal perder que se llamaba Napoleone di Buonaparte, al que le hizo tanta ilusión cruzarlo, que en vez de hacerse un selfie, le dijo a un señor que se llamaba David que le hiciese un retrato a caballo para darse importancia entre sus convecinos. Aprovechó aquel franquiciado cruzamontes que los romanos supieron articular a lo burro, y  subió, en el espíritu y la dirección de Breno, pero a la romana, acompañando a sus 40000 hooligans.

A ver si me explico, subió con 40000 por el San Bernardo, pero despistó a otros 20000 por otros pasos para despistar a su vez a los Austríacos. Como un profesional, preparó sus lineas de suministros, hospitales de campaña, talleres.., todo lo necesario para la excursión camino a sus vacaciones de verano.

Desmontó piezas de artillería, carruajes, lo repartió todo entre sus secuaces en bultos de 30-40 kilos, con los cañones sobre troncos de pino vaciados y tirados por mulas, hasta que reventaban, y fue necesario hacer yuntas de 100 hombres por cañon para seguir adelante. Soldados y jornaleros. Aparentemente muy bien pagados.

Y así en fila india, 6000 hombres y mujeres atravesaban el paso cada día. Con bandas de música en ruta para amenizar el camino, tamborileros apostados para señalizar las zonas más terribles  y los monjes  del paso esperando con dos vasos de vino , pan y queso para cada excursionista.

Una vez allí, un pequeño detalle. Ahora toca bajar.

Imaginémonos 40000 fulanos descendiendo  por la nieve. La epopeya explica cómo la nieve se compactó de tal manera que las tropas descendían sentados deslizándose por las laderas.

Napoleón cruzó los alpes de incógnito entre sus tropas, con un mozo de mulas, Pierre Nicholas Dorsaz como ayudante y guía. Cuentan que, además de salvarle la vida en un incidente en el hielo, Pedrito, que no tenia ni la mas remota de quien era su compañero de fatigas, le dio al Bonaparte tal tabarra con su zagala del pueblo, que el emperador, aparte de recompensarle económicamente a pie de montaña por el favor, le regaló unos meses después una pequeña fortuna para que se comprase una casa en Bourg-Saint-Pierre, se casase, y por el amor de dios dejase de dar la murga con sus ansias mozas.

Imagino que ver marchar hacia el sur a tan numerosa prole, una vez recompuesta, con las alturas como telón de fondo ha sido el gran soponcio de algún comandante Austríaco en el valle de Aosta.

Descenso.

La primera experiencia Suiza por tierra, a pie de página, es otra catarsis como la primera vez que sobrevuelas el mar de monte alpino para ir a hacer turismo a Italia. En mi ignorancia a medio ilustrar, llevo grabado a fuego el llegar a la orilla norte del lago Ginebra, aparcar a a 5 metros del agua,  darnos un fuerte abrazo de la victoria, y decidir que sólo los locos podrían desear otra cosa que acampar allí mismo, anochecer, y salir a sentarse en la hierba al alba para ver aquel espectáculo iluminarse.


(Fotos de cámara de plástico desechable)

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Muy modestamente, y por casualidades del sentido común, lo único que compartíamos con aquellos Galos aguerridos de la historieta, es probablemente hacerlo en la misma época del año. Lo que ocurre, es que al contrario que al Corso, al que le hizo un tiempo del carajo, a nosotros en nuestra indigencia nos informa la policía a pie de ruta, que lamentablemente Monsieurs, la carretera está cortada, por que, aunque ya había entrado junio, la nieve más que quitanieves necesitaba una tuneladora.

Así que nuestra alianza Hispanobritánica decide, Alacazán!, cruzarnos Suiza improvisando hasta que encontremos un paso abierto y nos dejen cruzar por alguna parte. Debe aclararse, que hacerlo por un cómodo túnel es apropiado y conveniente pero poco agradecido. Nosotros, en la línea habitual, entendemos las virtudes de hacerlo, a poder ser, polo medio dos toxos.

Como entre perdidos y sabiendo donde estás pero no lo que significa, terminamos por toparnos de bruces con Italia, y nos aventuramos a cruzar por el Domodossola.

 

Territorio Partisano.

Subimos desde el valle con tranquilidad, y el ojo de la mente fijo en aquellos precipicios, circulando bajo los torrentes de agua del deshielo, que fluye por encima de nuestras cabezas en caída libre valle abajo. Una suerte de carretera por la ladera cubierta con galerías anti-avalancha en aquellos lugares donde los torrentes se concentran con furia en primavera.

Hay que parar, hay que respirar. Estamos en territorio partisano. Uno entiende las enormes dificultades de este paraíso de los escapados. De los echados al monte, aquí si que se pudo decir: venid a buscarnos si tenéis cojones. De la edad de piedra a la segunda guerra mundial, la fortaleza de Europa.

El descenso desde el Simplón, fue mi primer paso alpino. Me quedé sin inagurarme en el Gran San Bernardo como las tribus celtas, para sin querer, descender entre quebradas donde imaginarse una emboscada proletaria en la que amablemente nos hubiesen cambiado las motos por un pagaré revolucionario a nombre del partido comunista Italiano con promesa de reembolso toda vez que alguien hubiese consumado el empalamiento del Duce.

Para no desmerecer, llovía. Un gran regalo para dos primerizos cuesta abajo con unas seis horas de ruta entre pecho y espalda. Pero no pasó nada. Tan sólo el darse cuenta que ya puestos a morir de algo, se me ocurren un par de cosas mucho menos pintorescas.

Los pueblos de montaña italianos son una estampa dura y abigarrada que se concentra en aquellos lugares a los que el sol favorece a la sombra de gigantes de roca. Antediluvianos e imposibles. A salvo de todo. Hasta del tiempo.

Nuestro destino último del día es llegar al lago Como, a casa de nuestro amigo Oliver y caer al suelo, de rodillas a pedir perdón a las montañas y rendirles culto, como buenos iniciados.

Navegación por satélite.

Los caprichos de la tecnología, dispusieron que en nuestra travesía improvisada, rodeásemos el lago Maggiore por el sur, por la civilización, ignorantes de la conveniencia de hacerlo por la vía norte. Una buena idea por si se nos hacía de noche en el medio del monte, pero en realidad, una prueba de aguante que nos mantuvo 12 horas en ruta, desde nuestra salida cerca de Montreux, en el lago Ginebra, de mañana,  hasta el mismísimo Pian di Spagna, en el vértice norte del lago Como. A los pies de la olvidada guarnición española de Fuentes.

Nuestra ruta inicial proyectaba unas seis horas, pero la inexperiencia, la nieve remolona, y nuestros grandes amigos de Garmin,  de cuyas madres tanto nos acordamos, (por Belenos…), hicieron que nos dejásemos atrapar por la circunvalación de Milan en hora punta para que nos diese de bofetadas con una alpargata romana.

-Vamos ,vamos por ahí que así pasamos por Monza…

Diosito.


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Pazguatos a la Milanesa.

En breve, dos confiados viajeros convencidos de que sus desplazamientos cotidianos por las tripas y circunvalaciones Londinenses camino al tajo son inapelables y una suerte de poción mágica que nos hace superhéroes del trafico urbano.

Nada que hacer.

Cuando ya no había vuelta atrás, nos dimos cuenta de que los aguerridos escuteristas milaneses, circulaban directamente por los arcenes.

En nuestra praxis diaria, y amparados por la legislación británica que nos permite ir por el medio de los coches (filtering), estamos acostumbrados a colarnos por cada recoveco entre los vehículos, generalmente pacíficos y en perfecta convivencia.

Esto es otro mundo, otra dimensión, otra galaxia.  Hay un motivo por el cuál las motos van por los arcenes. Y es que aquí , los conductores, camino a casa después de sus jornadas de trabajo, se han propuesto asesinarnos. Es la guerra. El empecinamiento. La barbarie. Una declaración práctica de intenciones: Te voy a empujar para que te apartes, Inglés.

Mi momento cumbre aflora cuando un alfa romeo se me pega a la rueda de atrás durante un buen número de incómodos minutos, para adelantarme fogueando a milímetros. A propósito.

Y perdí la cabeza. A partir de ahí, informo a mi compañero de batalla de mi contagio por el intercomunicador y declaro intenciones de que voy a matar a ese italiano.

Le perseguí hasta prácticamente Lecco,  en el pie derecho del Lago, poseído por el mismísimo demonio. Dispuesto a remacharle la cabeza con el casco. A arrancarle los espejos…  pero no se detuvo. Cuando se dio cuenta de que le perseguía y que le hacia señales para que se detuviese,  aceleraba el muy cagacazzo. 

Bendita la inconsciencia de un dia de furia.

Pese a todo, lo conseguimos. Llegamos a puerto. A la boca del Pian di Spagna, a Fuentes, donde los tercios hacían parada de camino a Flandes, donde los caballos de montaña de la Valtellina son los descendientes directos de los caballos de la guarnición española, y muy cerca de Mello, de cuyos habitantes se dice que llevan la sangre de los soldados de la vieja fortificación  que mantenía a raya a los Grigioni protestantes.


 

 

Ahora, a dormir. Mañana os cuento el resto.

 

AN,

Londres, Octubre 2017

 

 

 

 

 

Republika Srpska.

Control fronterizo. Zvornik. Bosnia Herzegovina.

 

-Te falta el visado de salida.

-Ese de la caseta de enfrente, me ha dicho que alé alé… que hasta luego. Que me pase a saludaros.

-Necesitas el sello de salida para que yo te pueda dar el de entrada…

-Me vuelvo?

-Aparca ahi al lado.

Tengo la completa seguridad de que Hermitas la del control fronterizo al otro lado está emparentada con Emerenciano, aquí en esta otra garita a unos cientos de metros a caballo de este cisma administrativo comarcal que hoy parece más insondable que la fosa de las marianas.

Tres guardias a la sombra en un día de solano imperial en el cuál Lorenzo ha decidido despellejar vivo a todo aquel que asome la cabeza, deciden que: is problem, is problem.

Casualmente, al lado del mismo paso fronterizo, hay un edificio con unos seis o siete estanquillos, en los cuáles, y gracias a las virtudes del libre mercado, van a ser capaces de resolverme mi problem.

Entro al primero que hay en linea recta por la sombra y les doy el gud monin socorrido, para ver si estoy invitado a la merienda en calidad de comensal, o estoy en la lista de ingredientes.

-Pues que me han dicho estos señores que me pase por aquí, para que me arregléis lo de la visa de entrada, porque esa otra senhora tan simpática que veis allí en aquel puesto al otro lado, pues no me ha dado el de salida, porque se le deben de haber terminado y os manda un saludete.

-…

-…

-20 Euros.

-Si me recorro los siete puestos y vuelvo y os digo que el del puesto de al lado me lo hace por 17 Euros, me haríais descuento y me ahorráis la insolación?

-Computer says no…. Beep.

En esto que casualmente entra un señor de paisano al que las administrativas parecen conocer de algo más que de saludarse por la calle.

-Español?

-Hombre… se hace lo que se puede.

-Real Madrid muy bueno.

-NO real madrid. D-E-P-O-R-T-I-V-O. DE-POR-TI-VO.

-Deportivo, no good.

-Ya empezamos…

-De viaje?

-No, si yo iba a Manchester, pero me despisté con la salida de la autopista, y mire usted que tontería. Pero no se preocupe que mi mujer ya está acostumbrada.

El amable caballero y aquí un humilde narrador, nos pasamos un buen rato aprendiendo a vocalizar en besugo en una chachareta-entrevista arreglá pero informal, que parece terminar con buen pie y a mi favor, pues años de duro entrenamiento con las más tenaces Vellas de aldea me tienen cubierto a la hora de sobrellevar el repertorio de técnicas de interrogatorio Bosnio y benemérito que me tocan.

La moza que arregla problemas se ríe algo, pero no parece convencida de que realmente,  aunque acabo de tropezarme por aquí, estoy encandilado y vendería mi sangre al tío de la horchata por  poder vivir cinco minutos más de este idilio por culpa de la dichosa visa, o un beso de la flaca, o los resultados de las quinielas de aquí al 2021.

Y caigo de la burra. La barba. La puñetera barba. Que me han puesto en la cola de los infieles por si acaso. En este santo lugar, en la cola de las víctimas.

Una vez establecido que lo mío son las tapas de Jamón y el Rebujito,

 – porque de pulpo y lacón con grelos me parece que nos iba a dar la procesión de corpus antes de hacerlo llegar al subconsciente colectivo en este vortex de diligencia y minuciosidad-,

me apunto un tanto que me cuesta mis veinte euros, y nos juramos amor eterno y madridista y quedamos para los aftershaves.

OS juro que si tuviese que entregarme a la tragicomedia en cada una de las casetas y furanchos fronterizos a lo largo y ancho del imperio, me mondo solo y me echo a la freidora como buena patata de sofá arrepentida y no vuelvo a dar el coñazo con más fotonovelas vagabundas.

Para recapacitar:

No acabo de entrar en Bosnia. O Sí. Pero esto es la Republika Srpska. O sea la parte serbia de Bosnia. Apenas 54 km al sur de donde me encuentro está Srebrenica, célebre por sus matanzas y sus encurtidos, que es a lo que se debían de estar dedicando los cascos azules holandeses  mientras los demás se empeñaban en lo primero.

Para entendernos, los musulmanes están en la Federación Bosnia, que es el centro y oeste del país y  los serbios en Republika Srpska, que esta al norte y este , en dos areas separadas, comunicadas entre sí por el distrito de Brčko, un ni pa tí ni pa mí, en donde deben de ser catalanes.

Suficientemente preocupado de que en mi mapa no aparece nada de esto, y pensando, no sé muy bien a cuento de qué en John Ford y su diligencia, enfilo hacia Tuzla, donde el Jamón está mal visto pero las barbas tienen algo más de pedigrí.


Minaretes y cazamariposas.

Aunque yo sigo estimando una proporción aproximada de rubias eslavas por vaca frisona aproximadamente igual a la que venia observando en predios anteriores, aquí hay un güevo de mezquitas. Sin embargo, debo aclarar que en esta área musulmana, hay un número insignificante de hijabs en comparación directa con cualquier martes por la tarde en Upton Park o Forest Gate (London).

Y bueno, como no hay nada que un buen chapuzón no cure, trazo una línea imaginaria hacia la costa adriática en el sur, al otro lado del país, sin el menor cuidado por lo que me toque por el medio.

Si nadie me explicase nada para complicarme las cosas, aquí con un pié a cada lado de este dilema geográfico, me decanto por la explicación de que los Bosnios son unos señores (y señoras) a los que les gustan las montañas, los bosques primigenios, la miel  y las mezquitas, y a los Srpskis les va mas el tema altiplano, ovejas y el cóndor pasa, con unas gotícas así a lo Ulster en lo pictórico artístico, con su nomespliques  de grafiti Urbano y un pellizquín de Kale Borroka bucólico pastoril.

A mi no me pregunten, que de verdad, yo sólo pasaba por aquí.

Al contrario de lo que es norma por otros páramos en esta vieja europa  de mis procesos exploratorios, he sido muy feliz de dejar pronto atrás todo vestigio humano para adentrarme monte arriba hacia el corazón de los Alpes Dináricos.

Evidentemente este es uno de esos lugares antiquísimos e imperturbables en los que a nadie le extraña si de vez en cuándo alguien organiza un no nos moverán, y así a lo Tito, les da a unos cuántos por tirarse al monte. Porque mis queridos amigos, qué monte! y si me lo permiten, qué buenas carreteras comarcales.

Qué especialísimas hora tras hora de ruta entre cañadas, enrevesamientos, y bosques frondosos. Palios de hojas y komorebi. Millas y más millas de paz y selva. Con criaturas que venden miel por las cunetas y paisanos que saludan al pasar con muy poca prisa.

Exceptuando una furgoneta blanca pilotada por un amigo de frenar en cada curva que se interpuso un buen rato a mi flow, ya que toda alternativa pasaba necesariamente por el fondo del acantilado, todo objetivamente acojonante oigan!

Allí en el medio de lo que positivamente constituye ninguna parte y todas  a la vez, me topo de bruces con uno de esos monumentos futuristas de hormigón sustantivo, enorme y solemne como dos cuernos enormes, en honor a aquellos que dejaron este mundo en la última gran bronca, o la anterior, o la de antes…

Y me paro. Claro, como para no pararse una vez que le has encontrado los cuernos al mundo.

 

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Entre el respeto y el espanto,  en este encuentro futurístico forestal al que pertenezco, entre adobado y alicatado, como mero observador, aparecen dos muchachos y una zagala, vestidos de uniforme verde como en un episodio del oso Yogui.

Van ellos muy ufanos por la orillita de la carretera, con sus pantalones cortos y cazamariposas. Si cantaban algo, no lo oí.

Aún debe de haber esperanza, aquí y en alguna otra parte, si en estos callos cornudos que se acuerdan de Nazis y partisanos, de moros y cristianos, hay quien persiga lepidópteros y mosquilla blanca.

Gracias buenas gentes, porque ésta alegría entre normalidad, doctorado en biología in the making y coñita marinera, es  mucho mejor que perseguir historietas espeluznantes de cuerdas de piano (que no pienso repetir aquí), y la imborrable estampa de docenas de hombres y niños con las manos atadas, cabezas en hilera contra el bordillo, a la espera de que pase la oruga del blindado para alisarles los peinados de una pasada por aquello de ahorrar munición.

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Pasadas las montañas, al sur, comienza la estepa. Erial y praderío. Rebaños. Grafiti. Serbios de Bosnia. EL sol de poniente. Otro fin de etapa.

Hace unos años, recién entrado el siglo XXI, tuve un compañero de trabajo, musulmán, que era de la zona de Mostar. Un tipo sano que conoce bien el valor de ir por la vida intentando no crear problemas innecesarios.

Un día me contó una historia:

-En mi pueblo teníamos miedo. Todo el mundo tenía armas. El día a día un peligro. Era el todos contra todos. No sabíamos que iba a ser de nosotros. Hasta que llegaron los Españoles.

En primer lugar, los tanques españoles entraron en el pueblo, y en vez de hacerlo por la calzada, lo hicieron por encima de todos los coches que había aparcados. Entonces sí que tuvimos miedo. Pero nos salvaron la vida. A partir de ese día se acabaron las tonterías. Si no fuese por los españoles estaríamos todos muertos. Otros no tuvieron tanta suerte.

Yo tampoco lo hubiese pensado.

Al fondo el Adriático, el turismo, helados de stracciatella y capítulos de Game of Thrones. En sentido bastante literal, hay que prácticamente arrojarse por un acantilado para alcanzar este paraíso de mar e irrelevancia. Hay que dar un salto de fé y tirarse. Aunque sabiendo lo que se sabe que dejamos atrás, para no hacerlo.

AN.  July 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Transilvania.

Prejuicio. El Vampiro Universal.

Una vez cruzada la gran llanura Húngara, entretenido en comprobar si el control de crucero de mi Triumph sirve para algo , con los pies estirados sobre las barras de protección del motor, escuchando a Pokey LaFarge, Katie Tempest y Rafaella Carrá, voy rascándome las caspas de mi propia inopia, feliz como un ocho y tirando millas como un poseso.

La anticipación de entrar en Rumanía ha sido un factor  determinante en este viaje. Se perfectamente que voy a echarle un pulso a mis propios prejuicios y que en realidad no tengo la menor idea de lo que me toca esta vez.

Me robarán la moto?  Seré víctima de los mordiscos de algún engendro vampírico con una sola ceja? Me despeñaré por una ladera de los Cárpatos y quién sabe dónde?.

En corto y bien atado, el que tiene culo tiene miedo, y como le sucede a todo humano racional y saludable, la cabeza entra en modo alerta.

Camiones. Lo primero que me llama la atención al irme aproximando a la frontera son los camiones. Y a partir de ese momento me doy cuenta de que los camiones son los amos absolutos, sin concesiones. Me veo como un Cousteau de secano rodeado de ballenas. Es una procesión incesante, un altar al tránsito de mercancías y a los dioses de la logística.

Los últimos kilómetros hasta el paso fronterizo convierten a la carretera en un interminable aparcamiento para camiones. Qué habrá pasado? Algún accidente? Es la hora de la siesta? Por quién doblan las campanas?

Y me la encuentro.

Una frontera. Un paso fronterizo como en una película. Con guardas con gorras como en un primero de mayo a las puertas del Kremlin. La primera frontera consonante que me topo en Europa, salvando la Británica, que también existe. Pero el transfondo es más dramático. Más retro. Más juegos olímpicos de Moscú y el osito Misha.

El motivo por el cual las colas de camiones llegan al infinito y más allá, es porque los guardias fronterizos están además, ejerciendo su trabajo con celo. Esto es así todos los días.

Me escurro hacia uno de los puestos de control, donde seis guardas están charlando, y saco el pasaporte. No les intereso. Tira palante chaval!

Y como si entrase en una disneylandia distópica, la peor versión de lo que mi cabeza construía como escenario posible, se materializa. Gente y más gente, obras, baches y la fosa de las marianas.

Oradea. Un conglomerado de bloques de hormigón al más puro estilo de las casas baratas de Franco. Unos minutos de caos circulatorio, barro y carretas tiradas por caballos que duran lo que las siete vidas del gato con botas. La carrera de cuadrigas de Ben Hur. Me acuerdo de aquel himno a José Cuiña que decía: Pa-vi-mén-ta-me!. Pero se me quita toda la tontería en lo que dura un cagondiós y firmemente me propongo no acabar de relleno para salchichas.

El caso es que después de unas 350 millas de rodada no estoy tampoco como para ponerme a hacer turismo de calcetín blanco, así que busco el hotel que me toca, con vistas a asegurarme de que la moto quede, a ser posible, bajo la supervisión del cancerbero del infierno.

Y hasta aquí llega la version pantalón cagado de esta historia. Porque en realidad, y de nuevo, la gente salva el día.   Sé que las libras esterlinas que llevo en el bolsillo me permiten caer en blando, pero por lo que cuesta el hostal Manoli, tengo 5 estrellas, Spa, desayuno, y esto es nuevo, la cena.

El conserje está encantado con la moto, las recepcionistas hablan Spanish y tengo más hambre que las lagartas de V. Definitivamente no hace falta que meta la moto en la habitación conmigo.

Después de unos ocho días de ruta, me duele la mano izquierda, las rodillas y ansío entrar en decúbito prono con intereses. En el espejo de la habitación me doy cuenta de que el cancerbero del infierno soy yo, y que quién va a querer ni pedirme tabaco, así que me tumbo, hojeo los panfleticos del hotel y me doy cuenta de que hay un Spa en condiciones. Me toca.

Aún me acuerdo de unos días antes en Eslovaquia en un hotel termal y la lección de civismo que me traigo atadita en una cuerda.

Así que reservo, subo a la sala de tratamientos y me dejo recomendar. En albornoz entro en una sala oxigenada y me tumbo en un diván. El aire pasa a través de una pared de bloques translúcidos que aparentemente son ladrillos de sal traídos del Himalaya. Ponderando la hazaña imaginaria y malintencionada de que se hubiesen traído los bloques desde el mismísimo Himalaya en carreta tirada por un burro.

En un ratito, después de cocerme como a un lubrigante en la consabida olla express nórdica,  me llevan a una sala de masaje, y mis queridos amigos, había allí una moza con un discurso entre la chachareta casual y un te voy a desfacer los entuertos a codazos, que me dió una soberana tunda de hostias hasta por el reverso de las pestañas. Así en bruto.  Juro por la gloria de mi madre que cuando quise levantarme casi me caigo al suelo y veía chiribitas con los ojos abiertos.

Me levanto.  Doy las gracias. No me duele nada. O me duele todo según se mire. De lo que traía, no me acuerdo.

Cena, dormir, desayunar. En una burbuja. El mundo real está ahí, solo hace falta apartar las cortinas. Así que hago el check out, con recomendaciones mil de a dónde ir, qué visitar, y una muy buena impresión del personal de la casa.

Me adentro por los montes que preceden a la llanura de Transilvania por las carreteras que acercan al Varful Muntele Mare (1826m).  El juego consiste en adelantar camiones. Constantemente. Por una vía de dos carriles. Los mismos camioneros indican a la derecha para que adelantes, todo un detalle, porque como iré comprobando, las autovías son todavía, escasas y breves. Motos, pocas.

El paisaje está sin estropear y valdría la pena tomárselo con calma. Lentamente las colinas van menguando hacia una gran y ansiada Transilvania. Destino: Targu Mures.

En la primera gasolinera, a pié de surtidor, se me acercan dos soldados americanos. Cómo no, a charlar de la moto y estas cosas, además de echarle un ojo al transeúnte. Con la NATO hemos topado. Simpáticos, todo hay que decirlo.

Primera sacudida folclórica. Entro en un pueblo de carretera y se me abre la boca de par en par. Una sucesión de Chalets-Mansiones-Villas descomunales con torreones, techos rematados con varias cubiertas como Pagodas asiáticas. Dorados. Cristales de espejo cóncavos en los portones de entrada. Por docenas. Edificios en construcción permanente, ladrillo a la vista y aluminio dorado. Carros tirados por burros y Mercedes Benz. Es mi primer poblado gitano.

Con una mezcla entre ciudad Jardín, horterismo urbanizado, mi cuñado que no vino el domingo a terminar el alicatado, feísimo PRO y las minas del rey Salomón, estoy fascinado. Es un poblado gitano. El Taj Majal con Uralita.

Puedo opinar sobre si me gusta o no, podría incluso… pero no.  Estoy impresionado. Esto es espectacular. Pareciese incluso que compitiesen a ver quien tiene más torres y más metros cuadrados de papel de oro. Una sobredosis faraónica, un ande o no ande, un y yo más tribal al que le falta la palangana con anís , hielo, agua y el cucharón de la sopa.

Sigo. Empiezan los contrastes, iglesias fortificadas y amuralladas que acogen pueblitos rurales impertérritos al paso del tiempo, con aspecto de no haber cambiado gran cosa desde el siglo XII.

Pañuelos negros, más carros, animales sueltos, pastores con sus omnipresentes ponchos de plástico transparente. Vida rural tranquila. Sin corromper. Las señoras recuerdan a las señoriñas del rural gallego en fotos antiguas. Está lloviendo.

No se por qué me acuerdo de Elisabeth Bathory, cuya familia era Voivode de Transilvania. Una historia más apasionante que la de Drácula. Una mujer enérgica y culta, calvinista,  que se hizo fuerte en su tiempo y acabó siendo acusada y encarcelada hasta su muerte por el asesinato de 650 muertes de doncellas inocentes, en cuya sangre aparentemente se bañaba. Muy probablemente un cuento de intereses politicos, en un contexto de guerra religiosa paneuropea. En fin.

Mi impresión es que la presencia de un cercano y poderoso imperio Otómano, incide en  la orientación defensiva de estos pueblos, y el transfondo de horror en la tradición popular tiene mucho de artimaña psicológica como elemento de lucha contra el turco.

Targu Mures me agrada. La gente también. Hablan un español estupendo. También italiano. La gente se interesa. Será una buena noche de reposo antes de llegar a la meta:



Transfăgărășan.

Llueve.

Mucho.

Tengo que cruzar los Cárpatos del sur y hace un día terrible. Diluvia.

Estoy acostumbrado a rodar en mojado y voy equipado, así que me monto en la moto y arranco destino sur. Me apetece seguir por carreteras secundarias y continuar explorando el rural.

Gran error.

Al principio todo va bien, circulo tranquilo y progreso regularmente hacia mi destino. Me siento como en cualquier comarcal del norte de España. Como en casa.

El agua corre por las cunetas con brío, y en estos momentos ya estoy seguro que no va a parar de llover en un buen rato. Sigo el ritmo de un coche entre granjas y pastizales y me doy cuenta de que el agua ha comenzado a cruzar la carretera por algunos tramos.

No será peligroso? me pregunto.

Exacto. En un abrir y cerrar de ojos la carretera está completamente inundada y el agua corre por el trazado de la carretera como un río.

La moto entra en el torrente de agua y el caudal me alcanza hasta la mitad de la pantorrilla. El agua marrón sube por encima del parabrisas de la moto y me sube por encima del casco. No veo nada. Sé que delante de mi hay un coche y que si corto el gas la moto se cae. Palante. 300 metros de pánico, agua, barro y un repertorio de juramentos creativos contra lo divino y lo humano. No pares tío. No pares. Y el agua sigue su camino a la izquierda de la carretera. Mi corazón esta hecho de explosivo plástico. No tiene venas, sólo cables hasta el detonador. Lamadrequemeparió.

Paro. Me bajo. Grito. Y me empiezo a reír. A carcajadas. Histeria. Empapado. No me lo creo.

A estas alturas soy impermeable, la adrenalina está a cargo del resto del dia.

Empiezo a cantar, que más puede pasar, no me he hecho daño, quen dixo medo!

Continúo decidido a encontrarme con la carretera principal para evitar mas sustos y me encuentro con una granja. Hay dos paisanos con palas  limpiando la carretera justo a la puerta del recinto. Se les ha desparramado una carga de purín por la carretera. Osea, la carretera tiene una pátina  estupenda de mierda liquida. Lo justo. y cuando el olorcillo se delata ya estoy con la rueda dentro. Lock, stock and barrel,  hasta las cejas, en cristiano.

No se rezar. Pero cagarse en los santos alcanza el grado de disciplina olímpica oigan. Menos mal que llueve.

Para cuando llego a la carretera que asciende al gran paso del Transfăgărășan (2,042m) mi intención inicial de acampar en los Cárpatos está en la papelera. Media docena de motos están aparcadas en un hostal en el mismo cruce de subida. Esperando a que escampe. No va a parar.

Yo estoy completamente empapado así que qué más da, y entro a por todas.

El que se haya graduado en los pasos Alpinos o en Pirineos, que se asiente. Esto ha sido trazado por la mula Francis.

En los pasos alpinos suele haber una cara  de escalada con docenas de cambios de sentido y una cara mas amable de descenso mas pausado,  aquí todo es impredecible.

Secciones enteras de asfalto  están en proceso de parcheado, con lo que el firme esta plagado de zanjas sin señalizar, los precipicios son memorables, las curvas en zigzag se alinean caprichosamente, los túneles no están iluminados y las cabras son un poder de facto.

En todo el ascenso de la cara norte, apenas tres coches y una furgoneta con una pareja de alemanes. 90 Kilometros de Ginkana con cotas alrededor de los 2000 metros. Bajo el diluvio universal. Y además aquí estamos al lado de  la fortaleza de Poenari , donde el empalador, y a la sombra del Moldoveanu.

Mi primer encuentro con las cabras es una escena pastoril. El segundo es un rebaño de unas cien cabras que me rodean. Los cuatro perros pastores se me acercan ladrando, y si no fuera por los pastores aún estoy allí aprendiendo a hacer quesos.

En el túnel del alto, y viva el espíritu emprendedor, hay por supuesto unos cuantos puestos para los turistas. Pasados por agua.

Le llamaré el túnel del terror (Juas!), porque así de repente, no tengo la más remota idea de si entre la pared y yo hay un metro o medio. Luces de emergencia y todo.

En la cara sur, no llueve, de hecho hace un día decente. Conforme desciendo me cruzo con motos que ascienden hacia el norte. A dónde vais, inconscientes?.

El paisaje es fabuloso, al bajar voy dándome cuenta de la locura de día que acabo de pasar. Nada de acampar. Quiero secano.

Bajo hasta Pitesti y me alquilo un apartamento. Enciendo las estufas, toda mi ropa es como una toalla mojada. Me visto de persona. Me voy a comer, hago colegas de bar. La gente es genuina y nos tomamos unas cervezas tan a gusto.

-Tú por qué haces esto?.

-Te juro que no tengo ni puta idea.

AN. 22 mayo 2017