Ace Cafe London

The original British motorcycle cafe.

Ace Cafe London. A documentary about stubborn people on leather jackets, tea spills, and some motorcycle soft porn. One of the last places on earth where you can be the cool cat on your NHS glasses. Lets face it, your dad is way cooler than you will ever be.
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AN September 2018

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NW10 Speedshop

NO more Jerry can. They got a toilet!!

A quick one to celebrate the grand opening of the new NW10 Speedshop. This time with a toilet. Those concerned got reasons to celebrate!

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AN August 2018

The Keeper

The Keeper is the story of a 35+ motorcycle collection and its guardian.

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AN.

London. June 2018

A Teaser

Teaser.

The keeper is the story of a 35+ motorcycle collection and its guardian.

Official release: June 2018.

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AN. London. May 2018

 

Disclaimer

Alber Noval is a Londoner since 1998. He is a self-taught person that believes any individual must  aim to be the dumbest person in the room at any given time in order to learn anything. He speaks 5 languages and has accepted the fact that he is completely crazy about motorcycles.

From East london he collaborates with Spanish  magazine Revival of the Machine as UK correspondent, staff writer and photographer.  In the past, Alber Noval has been a manager at Ace Cafe London, a shrine for motorcycle enthusiasts and cafe racer lovers all over the world.

In his effort to  get to understand and learn things in first person, without filters, pre arranged palettes or through pictures that others have painted, Alber Noval has travelled 22 countries by motorcycle in a never ending  struggle to get oneself out of comfort zones.

Alber Noval created La Nueve productions in December 2017. Starting from scratch. He has endeavored to produce, shoot, edit and release a documentary a month on his own. In his spare time. Out of his own pocket. But then, Patreon came along…

Now, he has a mission.

A mission that is named Cronicas Geograficas. A geographical chronicle that takes shape in the form of a monthly video release.

After  20 years in London, he has come across people from a myriad of countries and nationalities, that have made his view of the world evolve, mutate and grow towards a place where empathy is the most important asset.

Alber Noval, through La Nueve productions, wants to navigate the capillarity network that stems from friends and acquaintances made in London towards their countries of origin. To describe and document how the networks of the real physical world can lead us to a place of wonder and discovery in first person, to meet real people in real places, where they can help us understand their world. People that independently of what they may do or whoever they may be, if we got them in a room together, the world would take an instant turn for the better. Without filters, without intermediaries. By motorcycle.

Because our universe will be as big or as tiny as our capacity to get ourselves under the skin of the other.

Alber Noval commits to this project all of his spare time. Your engagement will be pivotal to
transform this humble nursery of understanding into a force for good. We are going to need them bridges.

Thanks for being there.

 

AN

 

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Elefantentreffen 2018

 

Hello World.

 

Después de un parto doloroso en el que me tuve que hacer la cesárea con un cenicero de esos de vieira reciclada, aquí tenéis una muestra de lo que viene.  De lo que os vengo murmurando. Sin prisa.

Os agradezco si os tomáis unos minutos para echarle un vistazo. Es feo el condenado, pero es como mi primogénito. Háganle ustedes una carantoña o algo, a ver si me puedo echar una cabezada para reponer fuerzas y prepararme para ir encargando otro, a ver si con la práctica, engendro un galán y no un jorobado.

Y sí, definitivamente hacía un frío del carajo.  O que temos que facer para non ter que ir ao mar…

 

Londres, 18 marzo 2018.

AN

El tuétano de las montañas (II)

Talamona, Morbegno, y una Guzzi Le Mans.

Nuestro amigo Oliver (Olly), nos recibe en su pueblito de montaña en una ladera de la Valtellina. Es ya de noche y estamos perfectamente desarticulados, pero nos pide que por favor nos acerquemos un momento hasta la casa de sus padres, que nos esperaban para saludarnos.

Llegamos a un caserón desde el que se vigila todo el valle, la antigua casa del comandante regional de Mussolini en su interminable batalla a cornadas contra el  partisano. Una casa con solera, a la que por fortuna nadie se ha atrevido a camuflar con modernismos. Yo creo que por estos lares, a los de la república independiente de Ikea, ya los han fusilado.

El padre está en la cocina. Cuando nos saludamos, me estruja la mano con el apretón de la muerte y dice:

-Il cuoco sono io.

No tengo el menor inconveniente en hermanarme con cualquiera que se presente como cocinero sin reparos, pero dadas las circunstancias del día que llevamos, sólo quiero tirarme al suelo en una esquina a desintegrarme y hacer globicos por la nariz  roncando como una tuneladora mientras sueño con el Gran San Bernardo. En la cocina, la máquina de la polenta nos observa sin torcer la mirada.

Aplazando brevemente el festín que amenaza, subimos por una cuestita empedrada hasta llegar a nuestra recompensa de pijama y orinal. Un último esfuerzo. En estas laderas, los ingenieros de caminos se abrazan cada vez que se topan con suelo horizontal.

En casa de Olly, un chalecito de tres plantas donde vive con sus motos y una guardería repleta de lombardos en edad preescolar, no se entra por la puerta principal, se entra por el garaje.

Cubiertas con sábanas como en un carnaval de acero y grasa, hay dos Harleys Electraglide, dos Guzzis de los carabineros de los 70, una vespa, Una BMW GS de las primeras con sidecar,  una Guzzi V1000, una Guzzi Superalce militar del 46 a la que se ha quitado la ametralladora para ponerle un cesto de mimbre, y algún escuterito pop de los sesenta de aquellos ideales para partirse los dientes de chaval e ir haciendo callo. (En palabras de mi comandanta, introducida a las diferencias entre Guzzi y Gucci por los jocosos locales en una visita posterior, las carracas de Olly).

Dentro del mismo garaje hay un apartamento, con una cama, una cocina, su comedorcito… y una Guzzi Le Mans.

Voy a dormir con una moto. Hay una primera vez para todo. Por lo menos, me toca la más guapa.



Carracas en el Como.

Por la mañana, revisamos el arsenal garajero mientras desayunamos, en el jardín. Desde la guardería de la entreplanta,  los niños nos saludan con la mano asomados al balcón del recreo. Ya se sabe lo que ocurre cuando mezclas niños y motocicletas. Para estas criaturas, el Cio Olly alcanza nivel dios. Es que con el bramido de motores que estamos liando, no hay quien estudie.

Sentado en el jardín, observando el valle encajonado entre montañas, te preguntas si los nativos tendrán una vértebra cervical extra, que les permite mirar permanentemente hacia arriba. Al oeste, al fondo, el lago.

Repuestos, salimos a rodar el perímetro del Como desde el  mismo vestíbulo de los alpes italianos. Bellano, Varenna, Mandello del Lario, Bellagio… hay motivos evidentes para justificar que las aristocracias más rancias viniesen aquí a tomar los aires en otros tiempos remotos en los que los humanos pasábamos nuestras vidas enteras en 25 kilómetros cuadrados.



 

El corazón del lago sin embargo, está parapetado tras un interminable y sobrio muro de discrección y una famosa puerta roja. Da la impresión de ser un simple edificio, ascético y enorme, pero es un malentendido. Para apreciar su grandeza habría que verlo desde el aire.

Tras esos muros, se oculta toda una ciudad estado que un día fue motor industrial de toda la comarca.  Un paraíso de la ingeniería vintage,  entre antigua y muy seria, formal,  retro. Puertas adentro, el circuito de pruebas, el primer túnel de viento, la factoría, los edificios administrativos, el museo, y por supuesto sus tesoros…

El primer indicador de que estamos en la Italia moderna, lo propone un cartelito que declara la apertura de su glorioso museo 1 hora al día. UNA HORA! Ma che ca***!

Y entramos hasta la cocina, del brazo de sus empleados, bajo el radar, saltándonos los protocolos, tal y como si un monaguillo robase las llaves de la catedral y nos dejase echar un vistazo al interior del sarcófago del apóstol. Todos se conocen, se han criado juntos. Oír, ver y callar. Omertá.



 

Descubriríamos después, puerta por puerta, recónditas en la más absoluta discreción de tantos y tantos hogares en las laderas,  que en sus garajes se esconden tesoros de la mecánica del mismo modo que otros preservan ruecas, molinillos y aperos de labranza. Más que coleccionismo es etnografía. Los viejos maestros se retan a morir el último, esperando a que su rival muera antes y su viuda o los mentecatos de sus hijos subasten las colecciones para abalanzarse como fieras al olor de la sangre.

Hubo un tiempo, en que los alemanes se desvivían por adueñarse de las joyas de la corona, pero muchas de ellas, ya han vuelto a casa. El garaje de nuestro anfitrión, es, de hecho, una cosa normalita. Así, en esta y otras visitas posteriores, he visto colecciones donde las motos con sidecar están en la pared en estanterías. Bajo solemne promesa, su localización me la llevo a la tumba. Porque están las cosas, y luego están las cosas serias.

En una ocasión, una persona fabulosa de la que os hablaré un día, me permitió acercarme, oler, tocar y escuchar una carraca de 250000 leuros que sacamos al jardín para que pudiese fotografiarla. Resultó hasta cómico verles extraerla de una habitación en un sótano con otras 15 motos. Había, (y hay), dos habitaciones más en las mismas condiciones. Ave César! ahora ya estamos listos para concentrarnos en nuestra misión en las alturas.



La Selva

Nos piden que dejemos las motos, que vamos a un sitio, y hay vino. Inocentes de nosotros nos metemos en un coche por carreteras locales de la alta Valtellina. Al conductor le traen sin cuidado las caídas a plomo de cientos de metros entre los árboles.  Nos habla  y gira la cabeza para hablarnos.

-Mira para adelante animal!

Yo me agarro secretamente a donde puedo, con la firmeza suficiente para que se me pongan los nudillos blancos. Esas trazadas en carretera de montaña se las aprendió en andador cuando aún no hablaba.

Pasamos a propósito por Mello, un pueblecito entre escarpados al que los locales llaman en pueblo de los españoles. Descendientes espúreos de aquellos militares que guardaban la plaza de Fuentes, por muchos años centro de aprovisionamiento a los tercios que subían andando desde Génova hasta Flandes por el camino español.

Nos cuenta, que hasta los años 70 los del pueblo solo bajaban al valle a pelearse. Y viceversa. Tomen ustedes nota.

Nuestro destino es una granja y casa rural a la italiana, un Agroturismo. Curiosamente se llama La Selva, en castellano

Saludamos a las cabras, Y nos sentamos.



 

En los Antipasti, nos distraemos de las conocidísimas Bresaolas. Incluida la de cervo, que también, para descubrir la Coppa valtellina (lomo de caña montañés) y un salchichón con textura de paté que enamoran. Servidas con Sciatt, que son unas bolitas de queso frito rebozadas en harina sarracena (El alforfón). No pedimos nada, ya nos van trayendo…esto es una emboscada.

La gloria se presenta bajo el nombre de PizzoccheriSon unos tallarines caseros de cinco o seis centímetros, hechos a mano, a base de grano sarraceno, con queso, patatas, repollo, salvia y mantequilla. Después, Polenta Taragna. He vivido.

La carne, viene en unos sustanciosos pinchos que cuelgan sobre el plato, rezumando substancia sobre las patatas. El vino, de la comarca. Sasella, Grumello, Inferno…. después bitto (queso aperitivo del postre) y bisciola de higo y nueces. Yo me salto el Amaro Braulio. Nuestro compañero anglo-canario, visiblemente desenfrenado, alterna ataques de risa con lagrimones. No somos nada.



 

La bajada en plena noche polo rally das corredoiras, la omito. Mañana nos enfrentaremos a las montañas de verdad.

Os lo cuento en un inevitable tercer acto…

Un abrazo.

AN

Londres, Noviembre 2017.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tuétano de las montañas (I)

Ascensión

Cruzar entre las columnas vertebrales de la Alsacia es como descender por un corredor monumental hacia el salón del trono de Europa.  Los Vosges y la Selva Negra son la columnata de un templo, una avenida solemne para dioses sin nombre y sin más religión que la montaña. Su finalidad última, los Alpes.

Al acercamos a esta gran tempestad de piedra, lo que sucede en el paisaje es un curso preparatorio. Un parvulario  donde sólo cabe mirar hacia arriba. Muy arriba.  Hacia el gran paso de San Bernardo.

Sólo somos un Británico de ascendente canario y un Gallego de los del norte de todo. Tenemos carreteras, gasolineras, restaurantes, hoteles, campings, motos, túneles. Seguridad Occidental. Vamos cargados como los novatos que fuimos. Repletos de cosas absolutamente imprescindibles e inútiles. Listos para coronar en modo trampa. Modernos a lomos de los grandes logros de otros. Intrépidos sin riesgo de perecer por causa de ‘aventurismos’, a menos que se busque la negligencia ex profeso o una voluntad de suicidio vocacional aflore por cualquier despeñadero.

El Gran San Bernardo, es una piedra hita en mi imaginario personal. El gran peaje de una autopista eterna por el que la humanidad cruza desde la noche de los tiempos. Un grial del que nos consta que el abuelo de alguien allá por la edad de bronce, se lo hacía andando de camino a la panadería o a una verbena Cisalpina.

No somos Breno, el Chieftain celta al que le dio por cruzarlo en el siglo 4 antes del Cristo para irse de excursión por la Etruria y de paso acampar en Roma un trimestre completo, por lo visto, para llevarse hasta las tuberías y los cables del alumbrado público.

Luego parece que los romanos, algo preocupados, le siguieron la pista, y con su estilo civilizador que era un ansia viva, asfaltaron el paso con vistas a renegociar los términos de la historia y terminar por una buena temporada con el cortoplacismo. Y vengarse, que puñeta!, con unos tres siglos de retraso.

Hubo también un enano Corso con muy mal perder que se llamaba Napoleone di Buonaparte, al que le hizo tanta ilusión cruzarlo, que en vez de hacerse un selfie, le dijo a un señor que se llamaba David que le hiciese un retrato a caballo para darse importancia entre sus convecinos. Aprovechó aquel franquiciado cruzamontes que los romanos supieron articular a lo burro, y  subió, en el espíritu y la dirección de Breno, pero a la romana, acompañando a sus 40000 hooligans.

A ver si me explico, subió con 40000 por el San Bernardo, pero despistó a otros 20000 por otros pasos para despistar a su vez a los Austríacos. Como un profesional, preparó sus lineas de suministros, hospitales de campaña, talleres.., todo lo necesario para la excursión camino a sus vacaciones de verano.

Desmontó piezas de artillería, carruajes, lo repartió todo entre sus secuaces en bultos de 30-40 kilos, con los cañones sobre troncos de pino vaciados y tirados por mulas, hasta que reventaban, y fue necesario hacer yuntas de 100 hombres por cañon para seguir adelante. Soldados y jornaleros. Aparentemente muy bien pagados.

Y así en fila india, 6000 hombres y mujeres atravesaban el paso cada día. Con bandas de música en ruta para amenizar el camino, tamborileros apostados para señalizar las zonas más terribles  y los monjes  del paso esperando con dos vasos de vino , pan y queso para cada excursionista.

Una vez allí, un pequeño detalle. Ahora toca bajar.

Imaginémonos 40000 fulanos descendiendo  por la nieve. La epopeya explica cómo la nieve se compactó de tal manera que las tropas descendían sentados deslizándose por las laderas.

Napoleón cruzó los alpes de incógnito entre sus tropas, con un mozo de mulas, Pierre Nicholas Dorsaz como ayudante y guía. Cuentan que, además de salvarle la vida en un incidente en el hielo, Pedrito, que no tenia ni la mas remota de quien era su compañero de fatigas, le dio al Bonaparte tal tabarra con su zagala del pueblo, que el emperador, aparte de recompensarle económicamente a pie de montaña por el favor, le regaló unos meses después una pequeña fortuna para que se comprase una casa en Bourg-Saint-Pierre, se casase, y por el amor de dios dejase de dar la murga con sus ansias mozas.

Imagino que ver marchar hacia el sur a tan numerosa prole, una vez recompuesta, con las alturas como telón de fondo ha sido el gran soponcio de algún comandante Austríaco en el valle de Aosta.

Descenso.

La primera experiencia Suiza por tierra, a pie de página, es otra catarsis como la primera vez que sobrevuelas el mar de monte alpino para ir a hacer turismo a Italia. En mi ignorancia a medio ilustrar, llevo grabado a fuego el llegar a la orilla norte del lago Ginebra, aparcar a a 5 metros del agua,  darnos un fuerte abrazo de la victoria, y decidir que sólo los locos podrían desear otra cosa que acampar allí mismo, anochecer, y salir a sentarse en la hierba al alba para ver aquel espectáculo iluminarse.


(Fotos de cámara de plástico desechable)

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Muy modestamente, y por casualidades del sentido común, lo único que compartíamos con aquellos Galos aguerridos de la historieta, es probablemente hacerlo en la misma época del año. Lo que ocurre, es que al contrario que al Corso, al que le hizo un tiempo del carajo, a nosotros en nuestra indigencia nos informa la policía a pie de ruta, que lamentablemente Monsieurs, la carretera está cortada, por que, aunque ya había entrado junio, la nieve más que quitanieves necesitaba una tuneladora.

Así que nuestra alianza Hispanobritánica decide, Alacazán!, cruzarnos Suiza improvisando hasta que encontremos un paso abierto y nos dejen cruzar por alguna parte. Debe aclararse, que hacerlo por un cómodo túnel es apropiado y conveniente pero poco agradecido. Nosotros, en la línea habitual, entendemos las virtudes de hacerlo, a poder ser, polo medio dos toxos.

Como entre perdidos y sabiendo donde estás pero no lo que significa, terminamos por toparnos de bruces con Italia, y nos aventuramos a cruzar por el Domodossola.

 

Territorio Partisano.

Subimos desde el valle con tranquilidad, y el ojo de la mente fijo en aquellos precipicios, circulando bajo los torrentes de agua del deshielo, que fluye por encima de nuestras cabezas en caída libre valle abajo. Una suerte de carretera por la ladera cubierta con galerías anti-avalancha en aquellos lugares donde los torrentes se concentran con furia en primavera.

Hay que parar, hay que respirar. Estamos en territorio partisano. Uno entiende las enormes dificultades de este paraíso de los escapados. De los echados al monte, aquí si que se pudo decir: venid a buscarnos si tenéis cojones. De la edad de piedra a la segunda guerra mundial, la fortaleza de Europa.

El descenso desde el Simplón, fue mi primer paso alpino. Me quedé sin inagurarme en el Gran San Bernardo como las tribus celtas, para sin querer, descender entre quebradas donde imaginarse una emboscada proletaria en la que amablemente nos hubiesen cambiado las motos por un pagaré revolucionario a nombre del partido comunista Italiano con promesa de reembolso toda vez que alguien hubiese consumado el empalamiento del Duce.

Para no desmerecer, llovía. Un gran regalo para dos primerizos cuesta abajo con unas seis horas de ruta entre pecho y espalda. Pero no pasó nada. Tan sólo el darse cuenta que ya puestos a morir de algo, se me ocurren un par de cosas mucho menos pintorescas.

Los pueblos de montaña italianos son una estampa dura y abigarrada que se concentra en aquellos lugares a los que el sol favorece a la sombra de gigantes de roca. Antediluvianos e imposibles. A salvo de todo. Hasta del tiempo.

Nuestro destino último del día es llegar al lago Como, a casa de nuestro amigo Oliver y caer al suelo, de rodillas a pedir perdón a las montañas y rendirles culto, como buenos iniciados.

Navegación por satélite.

Los caprichos de la tecnología, dispusieron que en nuestra travesía improvisada, rodeásemos el lago Maggiore por el sur, por la civilización, ignorantes de la conveniencia de hacerlo por la vía norte. Una buena idea por si se nos hacía de noche en el medio del monte, pero en realidad, una prueba de aguante que nos mantuvo 12 horas en ruta, desde nuestra salida cerca de Montreux, en el lago Ginebra, de mañana,  hasta el mismísimo Pian di Spagna, en el vértice norte del lago Como. A los pies de la olvidada guarnición española de Fuentes.

Nuestra ruta inicial proyectaba unas seis horas, pero la inexperiencia, la nieve remolona, y nuestros grandes amigos de Garmin,  de cuyas madres tanto nos acordamos, (por Belenos…), hicieron que nos dejásemos atrapar por la circunvalación de Milan en hora punta para que nos diese de bofetadas con una alpargata romana.

-Vamos ,vamos por ahí que así pasamos por Monza…

Diosito.


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Pazguatos a la Milanesa.

En breve, dos confiados viajeros convencidos de que sus desplazamientos cotidianos por las tripas y circunvalaciones Londinenses camino al tajo son inapelables y una suerte de poción mágica que nos hace superhéroes del trafico urbano.

Nada que hacer.

Cuando ya no había vuelta atrás, nos dimos cuenta de que los aguerridos escuteristas milaneses, circulaban directamente por los arcenes.

En nuestra praxis diaria, y amparados por la legislación británica que nos permite ir por el medio de los coches (filtering), estamos acostumbrados a colarnos por cada recoveco entre los vehículos, generalmente pacíficos y en perfecta convivencia.

Esto es otro mundo, otra dimensión, otra galaxia.  Hay un motivo por el cuál las motos van por los arcenes. Y es que aquí , los conductores, camino a casa después de sus jornadas de trabajo, se han propuesto asesinarnos. Es la guerra. El empecinamiento. La barbarie. Una declaración práctica de intenciones: Te voy a empujar para que te apartes, Inglés.

Mi momento cumbre aflora cuando un alfa romeo se me pega a la rueda de atrás durante un buen número de incómodos minutos, para adelantarme fogueando a milímetros. A propósito.

Y perdí la cabeza. A partir de ahí, informo a mi compañero de batalla de mi contagio por el intercomunicador y declaro intenciones de que voy a matar a ese italiano.

Le perseguí hasta prácticamente Lecco,  en el pie derecho del Lago, poseído por el mismísimo demonio. Dispuesto a remacharle la cabeza con el casco. A arrancarle los espejos…  pero no se detuvo. Cuando se dio cuenta de que le perseguía y que le hacia señales para que se detuviese,  aceleraba el muy cagacazzo. 

Bendita la inconsciencia de un dia de furia.

Pese a todo, lo conseguimos. Llegamos a puerto. A la boca del Pian di Spagna, a Fuentes, donde los tercios hacían parada de camino a Flandes, donde los caballos de montaña de la Valtellina son los descendientes directos de los caballos de la guarnición española, y muy cerca de Mello, de cuyos habitantes se dice que llevan la sangre de los soldados de la vieja fortificación  que mantenía a raya a los Grigioni protestantes.


 

 

Ahora, a dormir. Mañana os cuento el resto.

 

AN,

Londres, Octubre 2017

 

 

 

 

 

Notting Hill.

Color. Alegría. Callaloo.

Notting Hill explota en un carnaval que congrega a casi un millón de personas. A lo largo de dos días, la cultura del Sound System y las espectaculares Parades vibran con frecuencia Afrocaribeña. Bajo un sol de justicia, mordemos la caña de azúcar cortada a machete en un puesto de la esquina. Red Stripe, Jerk Chicken y arroz con habichuelas. Gente que se nos acaba el veranoooo!.

 


 

Calipso, Soca y Steel drums. Ébano y ron. Una comunidad que da rienda suelta al espíritu en una tormenta de tambores que no termina nunca. Las calles están abarrotadas de puestos de comida. Una elegía de olores con sus guisos de toro y cabra, las salazones con Ackee, y las bollas de la sartén. La gente esta contenta y el verano se despide con un sol de cosecha. Plumas de colores y piel al sol. Caribe de isla grande y pequeña reunido para disfrutar en esta urna mestiza de piel oscura y ojos verdes. Esmeraldas de plástico y sonrisas de diamante.

 


 

A las nueve de la mañana, todavía se puede caminar tranquilamente por las calles de Notting Hill. Una marabunta de casi un millón de personas se encamina hacia el barrio. Solo faltan los elefantes. Todos los kikuyu y algunos tarzanes están dando saltitos.

La mujeres se convierten en pavos reales que bailan alegres, sonrientes en sus coronas de plumas de colores y flotando en un mar de bisutería y magia potagia. Ponche de ron y purpurina. Felicidad de un mundo que respira y late a corazón abierto. Tolerancia sin reservas en un festival callejero que da luz, Capoeira y Dub. Bellas de barrio y bandas de teenagers forajidos, gente bailando en las terrazas de sus casas. Sed, sol y sudor.

 


 

Desde 1964, Notting Hill es el caribe por un fin de semana, a finales de Agosto, para recordarnos esa catarsis necesaria que todo espíritu merece. En estos tiempos de tripa retorcida, mucho mas que nunca.

Yo mastico la caña de azúcar en este mar de Rihannas y Beyoncés. Oro y gafas de sol italianas. Besos a la cámara. Vudú. Machetes. Cocos sin agua rodando por las aceras.

Notting Hill 2017-36

 

Una muchacha cubierta con un velo religioso baila con las manos en alto mientras pasan desfilando todas las aves del paraíso casi como han venido al mundo. Bueno, no, mucho más guapas. Alguien repite una estrofa subido a uno de los escenarios. Suena un himno. La mujeres del puesto de al lado se besan y abrazan, con lágrimas. No sé.

En el Off Licence de la esquina hay dos abuelos caribeños haciendo de porteros, dos family men con sus rizos blancos y gorras de cubano, controlando el tráfico de clientes que se arremolinan a la entrada en busca de cualquier bebida fría. Al salir, el más viejo de los porteros, un hombre de unos 70 años, rellena su lata de cerveza Jamaicana con unas gotas de Ron. Como travieso.

-No se anda usted con bromas, señor gobernador!

-Claro Hijo, es una vez al año.